Con profunda devoción y espíritu de recogimiento, la Iglesia celebró este martes 11 de febrero la festividad de Nuestra Señora de Lourdes, fecha que coincide con la Jornada Mundial del Enfermo, instituida por San Juan Pablo II en 1992, como una instancia de oración y cercanía con quienes sufren en el cuerpo o en el alma.
En este contexto, diversas comunidades de la diócesis se unieron para honrar a la Inmaculada Concepción de María bajo la advocación de Lourdes, recordando las apariciones de la Virgen a santa Bernardita Soubirous en 1858, en la gruta de Massabielle, Francia. Una de las celebraciones más significativas se desarrolló en la tradicional gruta del Buen Pastor de San Felipe, lugar que año a año congrega a un centenar de fieles que acuden para participar de la Santa Eucaristía y encomendar a la Santísima Virgen sus intenciones, especialmente por los enfermos y sus familias.
La Eucaristía fue presidida por el padre Fabián Castro Marchant, director de la Unidad Pastoral de San Felipe y vicario general de la diócesis, quien estuvo acompañado por el diácono permanente Francisco Ahumada, administrador parroquial de Almendral, y el diácono en tránsito Nicolás Flores, encargado pastoral de Andacollo. La celebración fue organizada por las Hermanas del Buen Pastor, cuya dedicación y servicio hicieron posible este significativo momento de fe y comunión.
En su homilía, el padre Fabián invitó a los presentes a profundizar en el misterio de la Inmaculada Concepción, a la luz del Evangelio proclamado sobre las Bodas de Caná. Destacó a María como “signo y faro claro en el camino hacia el Señor”, subrayando que su misión es siempre conducirnos a Cristo. Recordando las palabras de la Virgen en Caná —“Hagan lo que Él les diga”— el sacerdote enfatizó que la verdadera devoción mariana se traduce en obediencia y confianza plena en Jesús, especialmente en medio del dolor y la enfermedad.
Asimismo, en el marco de la Jornada Mundial del Enfermo, se elevó una oración especial por quienes padecen enfermedades, por el personal de la salud y por todos aquellos que acompañan el sufrimiento humano con espíritu de servicio y caridad. La comunidad vivió este momento con recogimiento, confiando a la intercesión de Nuestra Señora de Lourdes las necesidades más profundas del corazón.
Al finalizar la celebración, y como es tradición en esta festividad, se realizó la bendición de objetos religiosos y del agua, signo que recuerda el manantial que brotó en Lourdes como símbolo de gracia y sanación. Los fieles, portando imágenes, rosarios y recipientes con agua, participaron con fe renovada en este gesto que dio realce a una jornada marcada por la esperanza y la confianza en la maternal protección de la Virgen.
La celebración en la gruta del Buen Pastor volvió a ser un testimonio vivo de la fe del pueblo de Dios, que encuentra en María un consuelo seguro y una guía firme hacia su Hijo. En un mundo herido por múltiples sufrimientos, la figura de Nuestra Señora de Lourdes continúa recordando que la oración, la conversión y la caridad son caminos concretos de sanación y encuentro con el Señor.



















