En la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, religiosas, religiosos, sacerdotes, diáconos y laicos se reunieron en la Catedral de San Felipe para celebrar la tradicional Eucaristía de la Vida Consagrada. La jornada estuvo marcada por la gratitud, la fraternidad y la oración por quienes han entregado su vida al servicio de Dios y de la Iglesia.
A pesar de las intensas lluvias que durante la jornada afectaron a la zona, este sábado 15 de agosto, en el marco de la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, distintas comunidades de vida consagrada presentes en la Diócesis de San Felipe se congregaron en la Catedral para dar gracias a Dios por el don de sus vocaciones y renovar su compromiso de servicio a la Iglesia.
La celebración de la Asunción adquiere también un significado especial para la vida consagrada, convirtiéndose en una oportunidad para reconocer, agradecer y orar por las religiosas, religiosos y comunidades que, desde sus distintos carismas, enriquecen la vida pastoral y evangelizadora de la Iglesia diocesana.
La Eucaristía de la Vida Consagrada, ya tradicional en la Diócesis, fue celebrada al mediodía y estuvo presidida por monseñor Gonzalo Bravo Álvarez, obispo de la Diócesis de San Felipe, y concelebrada por el padre Nicolás Flores Lazcano, contando además con la asistencia litúrgica del diácono permanente Raúl Lazo y monaguillos de la comunidad catedralicia.
La lluvia no fue impedimento para que religiosas, religiosos y laicos llegaran hasta el principal templo diocesano para unirse a esta celebración, que permitió reunir a las distintas congregaciones e institutos de vida consagrada presentes en la diócesis.
Una jornada para agradecer el don de la vocación
La celebración estuvo marcada especialmente por la gratitud por la vida consagrada, reconociendo el aporte que cada congregación y comunidad realiza desde su propio carisma en medio de la Iglesia y de la sociedad.
A la luz de las lecturas propias de la Solemnidad de la Asunción, monseñor Gonzalo invitó a contemplar en María un modelo de disponibilidad, confianza y entrega a Dios.
La figura de la Virgen María permitió así iluminar también el sentido de toda vocación consagrada: una vida que, al igual que María, aprende a escuchar la voz de Dios, acoger su voluntad y ponerse al servicio de los demás.
En María, elevada a la gloria del cielo, la Iglesia contempla además un signo de esperanza y la anticipación de la vida plena que Dios promete a quienes ponen su vida en sus manos. Desde esta perspectiva, la celebración fue también una invitación a renovar la alegría y esperanza de quienes han respondido al llamado de Dios mediante la consagración de sus vidas.
Fraternidad antes de encontrarse en torno al altar
La jornada comenzó durante la mañana con un encuentro fraterno en el Obispado de San Felipe, donde monseñor Gonzalo invitó a religiosas y religiosos a compartir un desayuno.
El espacio permitió generar un ambiente distendido de diálogo y fraternidad, favoreciendo el encuentro entre quienes pertenecen a las distintas comunidades y congregaciones presentes en la diócesis.
Este momento previo a la celebración permitió también reconocer que la vida consagrada no solo aporta desde sus distintas obras y servicios pastorales, sino que constituye una verdadera riqueza para la vida de la Iglesia cuando sus distintas vocaciones se encuentran, dialogan y caminan en comunión.
Posteriormente, todos se trasladaron hasta la Catedral de San Felipe para encontrarse en torno al altar y celebrar juntos la Eucaristía.
Orar por quienes entregan su vida a Dios
La celebración fue también una oportunidad para orar por todas las religiosas y religiosos de la Diócesis de San Felipe, especialmente por aquellos que no pudieron estar presentes físicamente.
Entre ellos fueron recordadas de manera especial las Carmelitas de Auco, quienes, desde su opción de vida contemplativa, acompañan a la Iglesia y al mundo mediante la oración.
De esta manera, la comunidad diocesana quiso reconocer que las distintas formas de vida consagrada, tanto activas como contemplativas, aportan desde sus propios carismas a la misión evangelizadora y a la vida espiritual de la Iglesia.
“Este día es un regalo de Dios”
La hermana Francisca Ponce, religiosa de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor y presidenta de CONFERRE en la Diócesis de San Felipe, expresó su gratitud por la celebración y por las distintas muestras de cercanía recibidas durante esta jornada.
“Estamos muy agradecidos de tantas personas que nos han acompañado y que han expresado sus saludos y cariño a la vida religiosa. También hemos querido orar por tantos hermanos y hermanas que no pudieron estar presentes, especialmente por nuestras hermanas Carmelitas de Auco, que desde su opción de vida contemplativa nos acompañan con su oración”, señaló.
Para la religiosa, esta celebración constituye además una oportunidad para renovar la vocación y fortalecer la vida consagrada.
“Este día es un regalo de Dios, que nos permite renovar nuestra fe y animar la vida religiosa de cada hermana y hermano que entrega sus dones al servicio de la Iglesia y consagra su vida a Dios”, expresó.
Una Iglesia que agradece sus vocaciones
Al finalizar la Eucaristía, religiosas y religiosos participaron en la tradicional fotografía oficial de la Vida Consagrada de la Diócesis, como signo de comunión y memoria de este año de celebración.
Posteriormente, fueron invitados a un ágape preparado por la comunidad de la Catedral, para continuar compartiendo en un ambiente fraterno.
La jornada, organizada por CONFERRE de la Diócesis de San Felipe, culminó con un almuerzo de camaradería, prolongando así el espíritu de encuentro vivido durante toda la jornada.
En la Solemnidad de la Asunción, la Iglesia diocesana quiso así elevar una acción de gracias por cada religiosa y religioso que, desde sus propios carismas y comunidades, ha respondido al llamado de Dios y continúa entregando su vida al servicio del Evangelio.
Una gratitud que alcanza también a quienes, desde la vida activa, la contemplación, la educación, la acción social, la misión pastoral y tantos otros servicios, hacen presente el rostro de Cristo en medio de las comunidades.
Porque celebrar la vida consagrada es también agradecer que Dios continúa llamando, y que hombres y mujeres siguen respondiendo con generosidad: “Aquí estoy, Señor, para servirte”.