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Diócesis de San Felipe

«Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos»

Luis Guillermo Navarrete Delgado

 

Hace unos meses en el contexto de un curso de capacitación en nuestra escuela, la profesora que nos estaba dando el curso, en una de las sesiones, nos presenta un video motivacional a fin de generar un diálogo entre nosotros sobre el tema de la diversidad. En el video se observaba a un grupo de padres con sus hijos que eran invitados a participar en un juego educativo. Ellos se sentaban frente a una gran pantalla, separados por una especie de biombo, imitando los diversos gestos que una variedad de personas iban mostrando en pantalla. Así fuimos observando como, padres e hijos, se entregaban sin problemas al juego educativo, hasta que en las últimas imágenes aparece una niña con discapacidad múltiple que sentada en una silla realizaba movimientos con sus manos y su rostro propios de su condición de discapacidad. Los padres se paralizaron y dejaron de imitar los gestos. En cambio los niños continuaron con toda naturalidad imitando lo que hacia esta niña. Terminada la presentación, volvimos a ver nuestros rostros en la pantalla de zoom. Al ver cada una de nuestras caras, ellas dibujan diversas sensaciones ante lo visto. El rostro de una de las colegas llamaba profundamente la atención pues se encontraba emocionada hasta las lágrimas. Me quedé sorprendido de verla tan emocionada. El video era bueno, pero ¿sería como para estar tan emocionada?. La profesora que dictaba el curso, sorprendida también por esta reacción,  le pide que nos comparta su parecer sobre lo visto, buscando tal vez en ello comprender tanta emoción. ¿Qué le había pasado a nuestra colega?, pues bien ella se encontraba junto a su hija, que debe tener unos tres años, quien se había puesto a imitar los gestos tal cual fueron apareciendo y al igual que en el video los siguió realizando sin problemas cuando había aparecido esta niña con capacidades diferentes. De ahí su emoción y las lágrimas. Debo reconocer, que al ir explicando lo sucedido, cual más cual menos, todos nos emocionamos con lo que había vivido nuestra colega con su hija. Este fue el punto que inició una hermosa reflexión por parte de todos sobre cómo hemos dejado, lamentablemente, de “ser como niños” y nos volvimos en “adultos” desconfiados, con caras tristes, llenos de angustias, agresivos, incomprendidos, con una y mil caretas representado lo que no somos. Preguntándonos, ¿qué nos pasó que cambiamos tanto?.

 

Por eso, estas palabras de Jesús: “Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque el reino de los cielos es para los que son como ellos”. (Mateo 19,14), cobraron mayor sentido para mi a la luz del relato antes señalado. Este llamado de Jesús a ser “como” niños no significa que un adulto se transforme en alguien inmaduro. Tampoco se trata de fomentar infantilismos. No se trata de regresión o de fijación en una etapa infantil. Ser “como” niños a la luz del evangelio, es poder integrar en nuestras vidas las actitudes de sencillez, espontaneidad, sorpresa, alegría y agradecimiento. Estas son las actitudes exigidas a los discípulos de Jesús, pues son las únicas que nos permiten abrirnos en receptividad confiada e incondicional ante Dios.

 

A poco de celebrar un nuevo “día del niño” los quiero invitar, más allá de estar de acuerdo o no si es un día comercial inventado para lucrar por parte de algunos, a poder reflexionar si como cristianos estamos siendo “como” niños como nos pide Jesús. No es menor nuestra respuesta, pues de no serlo no será nuestro el reino de los cielos. ¿Qué ha pasado en nuestra vida?¿En que adultos nos hemos convertido?¿Nuestra actitud de vida espiritual es la de un niño?.

 

Sin confundirnos por favor, no se trata de vivir una fe llena de niñerias, sino una fe que acepta a Dios y la salvación que Él nos ofrece como un regalo gratuito de su infinita misericordia por cada uno de nosotros y no como un premio por los esfuerzos o méritos realizados. Una vez más Jesús va por un camino muy distinto al de este mundo, lleno de apariencias, de buscar los primeros lugares, de poner nuestra confianza en el poder de cuanto tenemos o poseemos.

 

Hemos dejado de ser “como” niños. Así Jesús, siento yo, meses después, me daba la respuesta a la pregunta que nos hicimos en el curso de capacitación, cuando nos preguntamos que nos había pasado que cambiamos tanto y nos habíamos vuelto en “adultos” que hace rato no nos reímos de buena gana, insatisfechos, que nada nos sorprende, encerrados en nosotros mismos e indiferentes a lo que sucede a nuestro alrededor.

 

Por eso volvamos a ser como niños. Si, lo has leído bien, a ser “como” niños. Volvamos a mostrarnos tal cual somos sin preocuparnos de las apariencias, como cuando éramos pequeños que nada nos importaba, ni la marca de nuestra ropa, ni la apariencia física, ni el dinero que teníamos en nuestros bolsillos. Volvamos a jugar, a gozar con las cosas simples de la vida y con las cuales éramos tan felices, como en aquellos días en que corríamos contentos tras una pelota hecha de trapo o de hojas de cuaderno. Pero, por sobre todo, volvamos a confiar en Dios, como en aquellos días de nuestra niñez en que colocamos en Dios todo lo que nos pasaba: que ganara nuestro equipo favorito, que se fijara en nosotros la niña que nos gustaba o que llegará para la navidad la bicicleta que tanto anhelamos. Estoy cierto que eran cosas muy básicas, muy simples, no muy profundas desde el punto de vista de la fe, pero llenas, si, muy llenas de confianza y abandono en las manos de Dios, como un niño que confía ciegamente en sus padres y se deja conducir alegremente por ellos. Volvamos a ser como niños, pues solo así podremos entrar en el reino de los cielos.

 

Una propuesta creyente frente al desafío de la nueva Constitución

El pasado 4 de julio, todos fuimos testigos de un hecho esperado e inédito: el inicio de la Convención Constitucional, en un clima de especial tensión como reflejo del año y medio tras el estallido social que, con pandemia de por medio y la consiguiente profundización de la crisis, ha evidenciado la necesidad de cambiar la lógica injusta que subyace al proyecto económico, político y social del país de las últimas décadas, a través de una salida institucional con una “hoja en blanco” como punto de partida a un proyecto país que genera grandes expectativas de mayor participación en las decisiones.

Este proceso despierta múltiples reacciones según la experiencia personal y comunitaria vivida. Mientras que muchos tenemos gran esperanza en que surja un Chile que sea realmente “un hogar y una mesa para todos y todas”, capaz de acoger a todas y todos, es comprensible también que en algunos —sobre todo en nuestra comunidad eclesial— surjan profundos temores asociados al clima de tensión social que ha rodeado al estallido, por la profanación y destrucción de templos, y las duras consignas y amenazas contra la Iglesia como institución, entre otros motivos. Sin detenerme en estos hechos, que merecen análisis y discusión aparte, creo importante proponer dos preguntas: ¿Por qué no somos capaces de involucrarnos de lleno en este desafío de construir el nuevo Chile? y ¿cuál será nuestro aporte, como creyentes en Cristo y parte de la Iglesia, a este proyecto de país?

Ciertamente, la crisis institucional de abusos y corrupción en el clero, que ha dañado gravemente al Pueblo de Dios, a veces nos hace pensar que es mejor replegarse antes de ser funados, pues somos vistos como parte del problema que se busca erradicar. Sin embargo, no podemos olvidar que nuestra fuente y cumbre es Cristo, y desde su llamado que acontece en el “aquí y ahora”, somos interpelados a tomar parte activa de este proceso de cambio, pues “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres (y mujeres) de nuestro tiempo, son a la vez (propias) de los discípulos de Cristo” (Cf. Gaudium et Spes, 1). En este sentido, el corazón de nuestra propuesta debiera surgir de un profundo amor por el otro/a, atento a sus clamores y urgentes necesidades, tal como lo haría Cristo.

Hay múltiples métodos y estrategias para elaborar una propuesta, tantas como personas componen nuestra comunidad de fe. Sin embargo, el criterio basal pasa ante todo por reconocer que nuestro destino común depende de la responsabilidad de cada uno/a por el bien del otro/a, respetándolo y valorándolo como tal. De este modo, el nuevo trato entre las personas, la reconstrucción de los vínculos sociales, las dinámicas institucionales y las políticas públicas no serán ajenas a las realidades, anhelos y esperanzas de quienes habitamos este país, y ahí, quizás, estaremos un poco más cerca de ser “la copia feliz del Edén”.

 

Felipe Garay B.

Magister en Bioética, Pontificia Universidad Católica de Chile

Agente pastoral Parroquia Santo Cristo de la Salud, Pasionistas

Los Andes.

Virgen del Carmen Reina de Chile ¡Salva a tu pueblo que clama a ti!

Escrito por Luis Guillermo Navarrete Delgado

 

A días de celebrar la memoria de Nuestra Sra. del Carmen esta jaculatoria a la Reina y Patrona de Chile resuenan en mis oídos con mayor fuerza sobre todo al escuchar por la radio el triste espectáculo que brindan quienes fueron elegidos para llevar adelante la elaboración de una nueva constitución política para nuestra patria y en la que tantos compatriotas pusieron su esperanza para lograr así un cambio radical en el país y en sus propias vidas. Al ver el espectáculo de estos días ¿será que tenían razón los que decían que la elaboración de una nueva constitución no resolvería en nada los problemas de fondo de los cuales, como sociedad, adolecemos de una parte a este tiempo?. De hecho a muchas personas las he escuchado arrepentidas y decepcionadas del voto que dieron a favor de una nueva constitución. Y esto es solo un punto. Para que decir las noticias entre los dimes y diretes entre quienes postulan para las presidenciales a fin de año. Las noticias de quemas, violencia y muertes en el sur de Chile con gente portando armas de guerra. Y suma y sigue. Todos echándose la culpa unos a otros, sin buscar puntos de encuentro, sin unirse para encontrar soluciones a los problemas que nos atañen a todos los chilenos y de los cuales no podemos ser indiferentes. Mi intención no es hacer un análisis político ni mucho menos, solo constato hechos que son de público conocimiento y que siento, cual más cual menos, como hijos de esta patria nos preocupan y nos mantienen, como diría una buena amiga, con el corazón en la mano.

 

Virgen del Carmen Reina de Chile ¡Salva a tu pueblo que clama a ti!. Cuántas veces he dicho esta frase a lo largo de mi vida en más de una procesión ya sea en mi natal Concepción en mis años de juventud, camino al templo votivo de Maipú en mis años de seminarista en Santiago, en procesiones en mi querido San Felipe ya sea en el colegio donde trabajaba o en las procesiones de la diócesis. Cuántas veces dije esta frase sin tal vez tomar el peso a esta petición que hace el corazón de un hijo que pide la ayuda de su madre frente a sus necesidades. Hoy ante los hechos descritos brota de mi corazón y estoy cierto que el de muchos cristianos a lo largo de nuestro país, esta sencilla pero potente petición para que la madre de Chile nos salve del odio entre hermanos, de las faltas de tolerancia por pensar distinto, de la violencia y destrucción como método para lograr los cambios que todos anhelamos.

 

Como no colocar en manos de nuestra madre todas estas intenciones pues tengo la certeza que ella tiene el poder para interceder ante su hijo y salvarnos. Doy fe como nuestra madre abre los corazones de las personas, aun de los corazones más endurecidos. Así me sucedió años atrás cuando junto a personas de la comunidad Mercedaria misionamos en la ciudad de Til Til. En ese tiempo el Cardenal Carlos Oviedo Cavada, sacerdote mercedario, le pidió a la congregación hacerse cargo de la parroquia Ntra. Señora del Carmen de Til Til. La tarea no era fácil, pues si bien había un número grande de cristianos también existía un grupo de personas que por sus opciones eran muy contrarios a la fe. Fue así como un día en que misionamos el sector cercano al cementerio en medio de unos cerros y quebradas nos dirigimos a la casa de un señor, ya mayor, que vivía solo, el cual cuando le contamos que nos encontrábamos haciendo una misión en el sector y que lo invitábamos a nuestras reuniones en la escuela La Merced nos dio el tremendo rosario de que él no creía en esas cosas, que no estaba “ni ahí”,  con la “Iglesia y los curas”. Se produjo un momento tenso. Estos jóvenes misioneros que éramos en aquel tiempo nos sentíamos totalmente desconcertados, sin saber que decir hasta que apareció nuestra querida Madre. Si, ella apareció. A través de la puerta de la casa me percaté que este señor tenía en su living una tremenda imagen de la Virgen del Carmen pegada en la pared. Con el atrevimiento que da la juventud, en un momento de la conversación que ya se ponía un tanto álgida entre mi compañero de misión y nuestro interpelador se me ocurre decirle que como nos decía tantas cosas contrarias a la fe en Dios, si tenía en el living de su casa una imagen de la Virgen María. En ese momento todo cambió y comenzó a obrar nuestra Madre. Este señor que unos minutos antes todo nos rebatía, nos dice que una cosa era que él dudara de su fe en Dios y que otra cosa muy distinta era “su madre”. De verdad nosotros no lo podíamos creer como aquel señor cambió de ser poco menos que un no creyente a ser un fiel hijo de María. Nos abrió las puertas de su casa y sostuvo con nosotros una amena charla hablándonos del amor que sentía por la Virgen del Carmen y de todo lo que ella había realizado en su vida y la de su familia. Estuvimos finalmente hablando toda la mañana con él y no recuerdo bien si terminamos siendo invitados a almorzar. Salimos de su casa en silencio, mirándonos con nuestro compañero de misión sin saber que decir el uno al otro por toda la experiencia vivida, pero ya se podrán dar cuenta lo marcadora que fue pues  hasta el día de hoy, ya hace más de veinte años, lo recuerdo como si fuera ayer y como una de las grandes experiencias marianas de mi vida. Para que esta experiencia no les quede inconclusa sin saber que paso con este señor, les puedo contar que nos acompañó todos los días en las reuniones siendo para nosotros un gran aliciente en nuestros días de misión, gracias a la intervención amorosa de nuestra Madre.

 

Este viernes que celebramos a la Virgen patrona de Chile no desaprovechen la ocasión de encomendarnos a la protección de la Carmelita. Recemos juntos por nuestra convención constitucional para que, como nos pidió la Conferencia Episcopal, “puedan escuchar, dialogar y proponer una nueva constitución que custodie el bien común”. Coloquemos con confianza y profunda fe, en manos de la Virgen del Carmen, el destino de nuestro país, para que por sobre las diferencias legítimas que pueda tener cada uno, busquemos la justicia y la paz social que tanto necesitamos para hacer de Chile una nación de hermanos. Son tantas las intenciones y necesidades que la lista podría alargarse y alargarse. Nuestras familias, los hijos y nietos, los enfermos del covid, nuestras fuentes laborales, los que han partido a la casa del Padre por esta pandemia. Tanto y tanto por qué pedir a la Madre de Dios. Y tú, ¿Qué le pedirías, en el fondo de tu corazón, a la Carmelita?¿Qué necesita tu vida en estos momentos?. Confía en nuestra Madre, pues doy fe que ella con su infinito amor escucha e intercede ante su hijo por nuestras más íntimas intenciones como lo hizo en las bodas de Caná. “Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino” (Juan 2, 3)

 

Por eso una vez más quiero, este dieciséis de julio, con la confianza de hijo ponerme a tus pies y decir de los más profundo de mi ser: Virgen del Carmen Reina de Chile ¡Salva a tu pueblo que clama a ti!.

 

 

Corazón de Padre

En el marco del 150 aniversario de la declaración  de San José como Patrono de la Iglesia Universal, el Papa Francisco escribió la Carta Apostólica PATRIS CORDE. (Corazón de Padre). Se declaró como el año de San José entre el 08 de diciembre de 2020 hasta el 08 de diciembre del 2021.

Que mejor que en el día del Padre que tantos celebramos, podamos dedicar algunas líneas, como homenaje a este modelo de todos los padres y de todo creyente.

La vida de José se entiende como se entiende la vida de todo hombre, a la luz de lo que Dios quiso de él. Dios había previsto que su Hijo naciera de la Virgen, en una familia, y en ella se desarrollara humanamente. La vida de Jesús sobre la tierra había de ser como la de un hombre más; debía de nacer indefenso, necesitado de un padre que lo protegiera y le enseñara todo los que los padres enseñan a sus hijos. En el cumplimiento de esta misión de padre habría de estar toda la esencia de la vida de José. En el ser padre de Jesús habría de estar toda la vocación de José, toda su vida. Vino al mundo para hacer de padre del Hijo de Dios, de la misma manera que cada hombre viene al mundo con un peculiar encargo de Dios, en lo cual radica todo el sentido de su vida.

Para los hombres y mujeres de nuestro tiempo, San José no solo es una figura entrañable, venerable, cuya vocación y dignidad admiramos y la fidelidad en el servicio de Jesús y María agradecemos. Nos proporciona, además, un modelo, cuya enseñanza callada podemos empeñarnos en seguir. Conociéndolo le descubrimos, además, como maestro de vida interior: porque nos enseña a conocer a Jesús, a convivir con El, a sabernos parte de la familia de Dios. San José nos da esas lecciones, como fue, un hombre corriente, un padre de familia, un trabajador que se ganaba la vida con el esfuerzo de sus manos. José supo enseñar a Jesús con las lecciones que todo buen padre israelita sabía educar a su hijo: lecciones de vida limpia y de sacrificio, de virtudes humanas de trabajo bien hecho y ofrecido a Dios; lecciones de vida sobria, justa y honesta. José ha sido, en lo humano, maestro de Jesús; le ha tratado diariamente, con cariño delicado y ha cuidado de El con abnegación alegre. Era efectivamente un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo vivir, tal como el Señor quería, todos y cada uno de los  acontecimientos de su vida.

Podemos imaginar cada momento de la vida de San José junto a María y Jesús y pedirle: ¡San José, Ruega por nosotros!

                                                      Padre Vicente Montenegro Lazo
                                             Parroquia San Antonio de Padua Putaendo

“Vamos a la Fiesta de Corpus”

Era la invitación que mis padres me hacían utilizando esa palabra en otro idioma.

Como no recordar esa fiesta religiosa en mi niñez y adolescencia. Después de la Santa Misa salíamos en procesión alrededor de la Plaza de Armas. Mi párroco, Mons. Guillermo Echeverría M., llevaba un traje especial, diferente al que usaba en Misa, era una capa (pluvial) y un paño sobre los hombros (humeral) y en sus manos llevaba un sol de metal (custodia) y en el disco del centro la hostia consagrada (viril). Ahí estaba Jesús para ser alabado y aclamado por sus amigos.

Mi párroco iba bajo un toldo (palio) cuyas varillas afirmaban unos caballeros vestidos de terno y corbata. Los niños debíamos llevar pétalos de flores para arrojarlos por donde iba a pasar la procesión mientras se cantaba: “cantemos el Amor de los Amores”,” bendigamos al Señor”, “el amor de Cristo”, “hasta tus plantas”… y otros que Uds. recordarán. La procesión se detenía en las cuatro esquinas de la Plaza donde habían hermosos altares y desde ahí nos daban la bendición mientras estábamos de rodillas y tocaban las campanillas.

¡Qué recuerdos! Familias completas caminando con unción y fervor tras el Señor Sacramentado.

¿Cuál es el origen de esta Fiesta? Fue el papa Urbano IV (S. XIII) el que determinó que se celebrara en toda la Iglesia la solemnidad de Corpus Christi. Su objetivo era refutar las herejías de la época, reparar en el cómo se recibía la comunión y conmemorar la institución del sacramento. Luego, el Concilio de Trento determinó que no sólo se hiciera una fiesta particular de la Santa Eucaristía, sino que también se llevara en procesión al Santísimo, exhibiéndolo por las calles y plazas públicas.

El jueves Santo, como antesala de la Pasión, la Iglesia celebra la institución de la Eucaristía.

En este domingo celebramos a Jesucristo REALMENTE PRESENTE en la Eucaristía con su Cuerpo, Sangre alma y divinidad. Y como estamos en el Ciclo B, la liturgia de la Palabra pone de relieve que la sangre de Cristo sella la Nueva Alianza que Dios hace con nosotros.

Para resaltar el tono festivo, el sacerdote se viste de ornamentos blancos.

Desde la realidad que vivimos, en la Fase en que se encuentra nuestra comuna, en la imposibilidad de celebrar presencialmente la Santa Misa o de organizar la procesión de Corpus, aprovechamos los medios que nos ofrece la tecnología para conectarnos a nuestras parroquias y recibir la comunión espiritual. Digamos a nuestras familias sin vacilar: “Vamos a la Fiesta de Corpus” y expresemos creativamente el amor, la alabanza, la acción de gracias, la reparación por nuestros olvidos y ofensas, a nuestro amigo Jesús Sacramentado cantándole: “Sea por siempre, bendito y alabado…”

A la hora del almuerzo fraccionemos el pan y compartámoslo haciendo el propósito de que nuestra familia exprese vivamente la entrega de Cristo en la preocupación por los vecinos, especialmente los enfermos y ancianos y pidamos la gracia que se avive en todos el fervor eucarístico.

 

Padre Francisco Plaza Aguilera
Párroco Ntra. Sra. de Las Mercedes de Papudo

 

 

Pastor Rudelindo, un hombre de Dios

El Padre Sergio Barahona, párroco de  La Ligua, escribió un mensaje ante la partida del Pastor Rudelindo Cortés Lemus y su señora Francisca Rivera, quienes entregaron un testimonio de amor al prójimo.

 

El pastor Rudelindo Cortés Lemus y su señora Francisca Rivera, son de esas personas que de alguna manera me marcaron en mi vida de joven por su labor que realizaban por allá de los años 80

Oriundo del pueblo de Canela llega a Los Andes. Desde joven tuvo problemas de adicción a la Marihuana de la cual, después de mucho trabajo y sin duda de la mano de Dios, pudo dejarla. Esta experiencia personal lo llevó a comprender el difícil mundo de los adictos y los problemas que tienen que enfrentar para poder rehabilitarse. Desde su fe y siendo pastor Cristiano, lo lleva a acoger en su hogar a cuatro jóvenes con problemas de alcohol y drogas, siendo este el origen CREHAD (Centro de rehabilitación para drogadictos). Esta comunidad terapéutica, a la cual conocí siendo yo un joven, cuando se encontraban en la casona de San Esteban, haciendo su labor con los jóvenes, me hizo plantearme cosas en cuanto al Servicio que, junto con otras cosas, se convirtieron en el germen de mi vocación sacerdotal.

Cuando se es joven, siempre impresiona la labor de los mayores, en especial cuando uno nota corazón en lo que se hace. Es así como Rudelindo y su esposa, me impresionaron por su labor de entrega; si viene cierto no compartimos la manera de profesar nuestra fe, si descubrí que Dios siembra en todos lados y reparte sus bendiciones donde Él lo quiere. Mi propio papá se sintió conmovido por la labor que hacía Rudelindo y apoyaba todos los meses a esta labor, ya que  la consideraba una buena obra.

El Covid 19 ya ha cobrado nuevas víctimas; en primer lugar la pastora Francisca Rivera y una semana después, al pastor Rudelindo. Este buen hombre, llamado por Dios en medio de esta Pandemia y también un ejemplo de creyente para todas las Iglesias. Vaya hoy mis respetos y mi oración a quien, en esta tierra, supo amar al prójimo y dar la vida por los amigos.

Pastor Rudelindo, pastora Francisca, descansen en paz.

 

 

                                                                         Padre Sergio Barahona

Parroquia Santo Domingo de Guzmán de La Ligua.

 

El Comité de Escucha de la Asamblea Eclesial propone una Guía para animadores

Bajo el objetivo de “acompañar a todos los agentes de pastoral que han de servir de puentes para que nadie quede fuera”, el Comité de Escucha de la Asamblea Eclesial ha presentado una Guía metodológica simplificada para animadores de comunidades y grupos.

Se trata de un material que ha sido elaborado pensando en el llamado del Papa Francisco durante el lanzamiento de la Asamblea: “No sea una élite separada del Santo pueblo de Dios, (se debe hacer este proceso) junto al pueblo, no se olviden que todos somos parte del Pueblo de Dios”. Cuenta con dos modalidades: individual y comunitaria, así como con diversas formas complementarias de participación: textos, videos e imágenes. Mauricio López, coordinador del Comité de Escucha, ha asegurado que está pensada “para que los agentes de Iglesia puedan acercarse a aquellos considerados ‘improbables’ en estos procesos de escucha”.

Para los interesados, el registro de las reflexiones se podrá realizar a través del sitio web de la Asamblea Eclesial, en su sección ESCUCHA, en: https://asambleaeclesial.lat/escucha/ y se puede descargar la Guía para animadores aquí.

“Animamos mucho a que se coordine con las Conferencias Episcopales en cada país, y las otras instancias eclesiales, tales como Conferencia de Religiosos-as, Cáritas, pastorales específicas, u otras, para realizar un proceso coordinado, o para tener algunos espacios en común que fortalezcan la perspectiva sinodal del proceso de escucha”, ha puntualizado Mauricio López.

 

Vatican News.

 

¿Es nuestra familia una iglesia doméstica?

El Papa Francisco anunció que nos encontramos este 2021 en el año de la familia, nos hizo un llamado a examinar el lugar de ésta en la Iglesia Católica y a acompañar a las parejas hacia el matrimonio y a las dificultades de la vida conyugal. 

Pero, ¿tenemos claridad del significado de Familia?

Según el diccionario de la Real Academia Española, Familia es: Grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas. Conjunto de ascendientes, descendientes, colaterales y afines de un linaje. Hijos o descendencia.

Según la sociología, el término familia se refiere a la unidad social mínima constituida por el padre, la madre y los hijos.

Según el Derecho, la familia es un grupo de personas relacionado por el grado de parentesco.

Y para nosotros los católicos ¿qué significa la familia?

La familia se define como “la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida”. La Doctrina Social de la Iglesia define el bien personal de la familia como comunidad de amor, santuario de la vida y ambiente de humanidad, ejemplo de ello es la Sagrada Familia, donde la grandeza de san José consiste en el hecho de que fue el esposo de María y el padre de Jesús, siendo la Sagrada Familia fuente de espiritualidad para toda familia y para toda la Iglesia. Al respecto, el Papa Francisco nos dice: “Cuando nos preocupamos por nuestras familias y sus necesidades, cuando entendemos sus problemas y esperanzas, sus esfuerzos repercuten no sólo en beneficio de la Iglesia; también ayudan a la entera sociedad”. 

Existen y se reconocen distintos tipos de familias como: las monoparentales, compuestas por padre o madre con sus hijos e hijas; las familias extensas o consanguíneas, compuestas por abuelos y abuelas que tienen el cuidado y la crianza de sus nietos y nietas, o tías y tíos que cumplen el rol de padre y madre de sus sobrinos y sobrinas; también existen las familias cuidadoras, aquellas que sin mediar vínculo consanguíneo cuidan y crían a niños, niñas y/o adolescentes. 

Ahora bien, teniendo claro el concepto de familia, podemos analizar si estamos cumpliendo como “iglesia” el mandamiento de Dios, el cual el Papa Francisco nos recuerda este año y cuando digo iglesia no sólo me refiero a la comunidad unida en el templo, sino a la iglesia de cada hogar, esa iglesia pequeña, doméstica donde nacen los principales valores como el amor, respeto, perdón, tolerancia, equidad, comunicación, entre otros. Observando cómo está la sociedad en la actualidad, me debo cuestionar si lo estamos haciendo bien desde nuestros hogares, al parecer nos hemos olvidado como iglesia domestica que somos el primer núcleo formador, siendo importante mantener costumbres y ritos que debemos transmitir a nuestros hijos e hijas, (en lo personal me lo enseñó mi abuelita), “La familia que reza unida permanece unida”. También el poder asistir a misa, aunque sea virtual durante este tiempo de pandemia, hacer obras sociales saliendo de nuestra zona de confort e ir al encuentro con los otros, como dice nuestro padre. Estoy confiada en el señor que desde nuestra fe podemos encontrar vínculos fraternos, tanto dentro de nuestras familias nucleares como en la comunidad parroquial con una pastoral integral y finalmente por qué no soñarlo como sociedad toda. 

Como dice el Papa Francisco: “En la familia se podrá experimentar una comunión sincera cuando sea una casa de oración, cuando los afectos sean serios, profundos, puros, cuando el perdón prevalezca sobre las discordias, cuando la dureza cotidiana del vivir sea suavizada por la ternura mutua y por la serena adhesión a la voluntad de Dios”. 

¿Es realmente nuestra familia una iglesia doméstica, una casa de oración donde se experimenta esta comunión sincera?, los y las invito a reflexionar y realizar un examen de conciencia sobre el aporte de cada uno de nosotros en nuestras pequeñas comunidades llamadas familias.

 

Karen Villarroel Brito.

Semana Santa, Educar y evangelizar, caminar hacia la Cruz y proclamar la luz verdadera

Sin duda, uno de los desafíos más inmensos que hemos tenido, docentes y educadores desde el comienzo de la pandemia ha sido ir desarrollando en nuestros estudiantes el logro de habilidades, competencias, contenidos y saberes, sin estar al lado de ellos. Acompañar el proceso educativo es un camino duro sin duda, y lo es más aún, cuando desconocemos los factores contextuales que acompañan a tantos niños y jóvenes desde la realidad de sus casas. Inventar nuevos métodos, adecuar el curriculum, facilitar tecnologías que mejoren la conectividad y flexibilizar tiempos y plazos ha sido para muchos, pan de cada día.

Hacer educación sin duda, es muy difícil en las circunstancias que enfrentamos, pero aún es más difícil y a la vez desafiante, traspasar la alegría de la fe y la esperanza activa por los medios tecnológicos donde no vemos caras ni escuchamos sentimientos y solo nos reducimos a un emoji o a un comentario de chat. En este contexto la Semana Santa nos desafía y nos interpela a cuestionar de qué forma podemos ser transmisores reales del Evangelio o de qué forma podemos comunicar el sentido real del sacrificio pascual de Jesús, que no es otro que dar la vida y en ella darnos vida abundante. No existe una fórmula ideal y quizás el camino más sencillo y práctico a la vez, es comunicar la alegría de la fe, la que no nace necesariamente del aprendizaje teórico en algún texto sino de la experiencia de habernos encontrado con quien sabemos, nos ama profundamente. Es la experiencia del encuentro, del saber que al otro lado de la pantalla no hay alumnos o docentes, hay personas y hermanos todos. Las mayores posibilidades de comunicación se traducirán en más posibilidades de encuentro y de solidaridad entre todos (Evangelii gaudium, 87) y de esta manera, quién se conecta a una clase no lo hace con un profesor o profesora de lenguaje, matemática o Historia, lo hace con otro que también siente, sufre y se alegra con las circunstancias que vivimos, todos juntos en una clase que es también un encuentro humano.

La búsqueda de tales fórmulas es estrictamente necesario para no olvidarnos que la pandemia nos aleja físicamente pero no socialmente, porque lo social es encuentro y es compartir y las maneras para realizar esto, hoy nos permiten vivenciarlo incluso en lugares distintos. Cuando practicamos la experiencia educativa lo hacemos para que el otro encuentre no solo un contenido o un concepto, sino que una experiencia vinculante, un hacer y sentir fraterno. Es la “cultura del encuentro” de la que nos habla el Papa Francisco en la Encíclica Fratelli tutti (…) significa que como pueblo nos apasiona intentar encontrarnos, buscar puntos de contacto, tender puentes, proyectar algo que nos incluya a todos (216). En este sentido, nuestros niños y jóvenes sufren con el encierro, algunos de manera más extrovertida que otros, algunos más silentes y otros con más llantos y pesares, es por tanto la Semana Santa, una hermosa oportunidad para que en cada clase o instancia de conexión, podamos traspasar y concientizar que esos pesares y dolores, los vivió también Jesús, y que por tanto, Él nos entiende mejor que nadie, pero como tal, nos invita a la Pascua de su Resurrección, que es también, una experiencia para renacer desde nuestras actitudes y disposiciones aunque sigamos encerrados por mucho tiempo más.

En definitiva, quienes vivimos la experiencia de educar desde las aulas, tenemos una oportunidad invaluable de transmitir de muchas maneras la gracia de la fe, y de generar conciencia en nuestros alumnos y alumnas de la valoración de la vida, del respeto, de la libertad, del amor al prójimo y del cuidado de la casa común. En resumen, la Semana Santa como una experiencia de Cruz, pero finalmente como experiencia de luz verdadera, en nuestro hogar, con la familia que me toca, con la pandemia que enfrentamos y con una vida que sigue, aún desde las redes en la profunda necesidad de ser cada día más humanos a ejemplo de Jesús, el Señor.

Héctor Rauld Fuentes

Profesor de Historia, Geografía y Ciencias Sociales

Secretario Ejecutivo Pastoral Juvenil Diócesis de San Felipe

José aceptó y asumió la paternidad legal de Jesús.

Este año el Papa Francisco nos ha invitado a mirar la figura de San José con ocasión del 150° aniversario de su nombramiento como Patrono de la Iglesia universal. En tiempos tan difíciles como los que vivimos, nos ayuda a observar la realidad, a callar y a ponernos en las manos de Dios frente a las dificultades y a las incertidumbres.

De San José sabemos que fue el esposo de María, un humilde carpintero (cf. Mt 13,55) y un «hombre justo» (Mt 1,19), que estaba dispuesto a responder a la voluntad de Dios. José vio nacer al Mesías en un pesebre, observó cómo la humildad de los pastores visitaba al Rey de reyes y cómo los Reyes Magos se hacían humildes ante la humildad de un Niño(cf. Lc 2,8-20;  Mt 2,1-12). José aceptó y asumió la paternidad legal de Jesús, además de permanecer en Egipto para protegerlo de Herodes. Fue capaz de cambiar todos sus planes por cumplir la voluntad de Dios; se quedó en las sombras y en el silencio, porque “supo cómo descentrarse, para poner a María y a Jesús en el centro de su vida” (Francisco, 2021). Su grandeza fue ser esposo de María y padre de Jesús. Con ello nos enseña que aquellos que se quedan en “segunda línea” también son protagonistas en la historia de la Salvación. San José le enseñó al mismo Dios a caminar, a trabajar, a relacionarse con los demás. Jesús tiene que haber visto de su padre en la tierra cómo hacer la voluntad del Padre de todos que está en los cielos.

Es inmenso el cariño del pueblo de Dios por san José, que se demuestra en el gran fervor que se le tiene y en el cariño de los Papas que lo han nombrado Patrono de la Iglesia Católica, de los trabajadores y Custodio del Redentor. También invocado “como protector de los indigentes, los necesitados, los exiliados, los afligidos, los pobres, los moribundos” (Francisco, 2021). De él podemos imitar cómo amar a Jesús y a María. Así también, la importancia del trabajo, puesto que fue un carpintero honesto que llevaba el sustento a su familia, mostrando a Jesús “el valor, la dignidad y la alegría de lo que significa comer el pan que es fruto del propio trabajo” (Francisco, 2021).

José nos enseña en la fe, nos enseña que Dios “puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad” (Francisco, 2021). Porque supo de angustias, pero supo confiar y ser paciente, para superar con obediencia sus incertidumbres. Cuando Dios le expresaba su voluntad por medio de sueños, José pudo haber sembrado pánico en María, pero, sin embargo, infundió paciencia, esperanza y protección, mostrando con su vida la misericordia y la ternura de Dios.

Vivimos tiempos en que parece que no encontramos un rumbo, parece que lo malo y la desgracia ha de ser irreversible y se hace difícil encontrar esperanza de que la tribulación pasará. Nos olvidamos de que “Dios puede hacer que las flores broten entre las rocas” (Francisco, 2021). En José vemos una fe que no busca atajos, que la asume en primera persona con valentía creativa ante las dificultades, mostrando que Dios actúa “a través de eventos y personas”. (Francisco, 2021). Dios le dijo a José: «hijo de David, no temas» (Mt 1,20). Dios en medio de esta pandemia nos ha dicho lo mismo y nos pone a José como Padre de la Iglesia que nos protege como lo hizo con Jesús. Ante todo, con la esperanza que San José nos mira con corazón de Padre imploremos juntos: “Oh, bienaventurado José, muéstrate padre también a nosotros y guíanos en el camino de la  vida”. Amén.

 

Por: Ricardo Ramírez | Fuente: Academia de Líderes Católicos

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